Aún se puede ver la sangre correr por las aceras; y sobre las espaldas de los mocetones semidesnudos, sudorosos, los cuerpos de las víctimas que van dejando su estela sobre la destartalada calle. Hay también cordilleras de basura, plumas mezcladas con vísceras que producen una terrible hediondez; sin embargo, la gente por allí merodea, camina y consume de manera muy natural.
Es ahí cuando Ella, blanda, pegajosa, inquisidora y viscosa, transforma ese lugar en un paraíso usando como recurso las palabras, la imaginación. Ella es la misma que se pasea exhibiendo su cuerpo venoso; la que se confabula y desata divisiones en el seno del pueblo, que calla, que trepa, busca, y coloca en los puestos a sus allegados. Ella la que desata terribles luchas de intereses; mas Ella no lleva su sombría labor por si sola: Junto a Ella va El, impulsándola, orientándola, indicándole con su aura púrpura, roja y blanca.
Mientras evocaba a Ella y a El, llegó Fabiola Olivares, la de la mirada cautivante, quien me relató las peripecias y lo tedioso que le había resultado el viaje desde la Capital al tener que permanecer de pie -en una especie de establo- mientras esperaba la partida; y la manera cómo soportó la orina por falta de baño. Por eso la vi tan sudorosa y apurada en el secadero llamado parque Duarte… ¡Ay, qué sacrificio y qué tarea tan terrible para la periodista tomar un autobús de los Marte!
Fabiola Del Alba Olivares haría una crónica sobre algunos problemas de Bonao, que según me había expresado, entusiasmada, “tumbaría muchos santos de sus altares”. Pero volví a saber de ella dos años después, el 16 de agosto, cuando Danilo discurseaba sin referirse a la corrupción, ni al endeudamiento, ni a la política neoliberal que ha destruido al aparato productivo nacional.
Ya se inicia otra vieja jornada. Ella y El están detrás.
No sé si Ella, la lengua mentirosa, la vendida, hizo su trabajo y corrompió a Fabiola, porque al leer la crónica no se reflejaba la realidad: era un relato frío, conservador, acomodado, y nada decía de la sangre que todavía corre por las aceras, ni de los cerdos sacrificados que van sobre las espaldas de los mocetones semidesnudos, sudorosos, ni del hedor de las plumas ni de la gente que por allí camina y consume sin ningún asombro en el mercado público.
Y El, el cerebro de tres colores, perverso y ambicioso, manda sobre Ella, no descansa; y ya se prepara para otra sucia jornada, mientras yo, al momento de consagrar el vino, cáliz en alto, trato de no dejarme atrapar otra vez de una mirada cautivante, porque mi rancia Iglesia, petrificada en los siglos, me condena a vivir en el celibato que es para mí un verdadero infierno.

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