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A propósito de la muerte de Jesús y de la conducta de Rogelio Cruz

Por: Edelvis García Herrera

El deseo del pueblo judío por salir de la dominación romana,  no era por  un capricho, si no por el yugo que padecían; y lo cierto es que dentro de las multitudes que  seguían a Jesús,  había rebeldes buscando la insurrección  para  expulsar a los invasores de tierras palestinas, y que cifraban sus esperanzas en el Maestro.

Porque además de la opresión política, estaba la económica, y  era del pueblo  judío de donde salían los recursos, a través de los impuestos para el pago de construcción de calles, palacios, salarios a la soldadesca, a los funcionarios…; sumado todo esto a  una brutal represión,  expresada en encarcelaciones, deportaciones y crucifixiones de millares de personas.

La crucifixión era una de las formas más crueles que ser humano alguno haya experimentado en toda su historia; por eso, en ocasiones, cuando algún  soldado sentía compasión por un condenado equis;  antes de crucificarlo lo apuñalaba o daba sedantes, para provocarle así una muerte menos dolorosa.

Y sabemos a través de la Historia , que cuando un  condenado era clavado en el madero permanecía varios días desangrándose,  luego  le venía la deshidratación crónica, desgarramiento de los nervios,  y finalmente la muerte por paro respiratorio.

Bajo las circunstancias descritas, y al paso del tiempo, el cadáver se descomponía y las aves de rapiña le comían primero los ojos, después las demás partes del cuerpo. Era natural que ante tantas tribulaciones el pueblo esperara un libertador, por eso los nacionalistas “cabezas calientes”se motivaron cuando Jesús les expuso: “No vine a traer pan sino espada”; pero luego verían desvanecerse sus sueños   cuando el Maestro les dijo: “Estoy en este mundo mas mi Reino no es  de este mundo”,  demostrando que la  liberación promovida, era la espiritual, algo que confirmaron con mayor certeza cuando el nazareno hizo su entrada a Jerusalén en un burro, y no a  caballo, símbolo de humildad, no de guerra.

A partir de algunos hechos y sermones,  parece que a Roma dejó de preocuparle la fama del Maestro, y aunque Jesús enfrentaba al imperio con sus actitudes, al postular el perdón,  la humildad, el amor, la salvación eterna, sus  discursos radicales  no incitaban a las luchas armadas.

Sin embargo, a la obsoleta y celosa  iglesia judaica sí le irritaban  las prédicas ardientes del Maestro de Galilea; y no asimilaba que un hombre humilde, hijo de un simple carpintero y de una muchacha de apenas dieciséis años, tuviera tanta popularidad;  que criticara el orgullo, la vanidad y el exagerado cumplimiento de las leyes que observaban los fariseos, escribas, saduceos…; sectas que se mantenían fervorosas sólo en ritos y observancias externas, descuidando la practica de la virtud.

El Maestro convivía  con los humildes, explotados, con los leprosos, las rameras, que curaba los enfermos; y aunque el pueblo judío haya negado que Jesús era el Mesías, su rebeldía, su denuncia de las injusticias sociales, y sus críticas  a la riqueza, concuerdan perfectamente  con los relatos  de los profetas Isaías, Amós y Ezequiel de que era una especie de enviado especial de Dios.

Por eso no ha de extrañarnos las conductas revolucionarias de sacerdotes como Rogelio, Tomás Alejo, Columna; o Hidalgo, Morelos, Boss, Monseñor Romero…; identificados con los pobres explotados, sufriendo las descargas del odio de los sectores más rancios y conservadores de las sociedades y sus  cúpulas eclesiales.


  

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