Dentro
de poco dejaremos de escuchar el usual alboroto que se produce en
algunos hogares donde parece que se está acabando el mundo, a juzgar por
el correteo y pataleo de los muchachos y sus voces desesperadas
implorando “no me des, no me des”, “ya no me des más, ya está bueno” o
cuando por el ahogo del llanto sólo puede decir: ya, ya, ya .
Será difícil volver a ver en
los barrios marginados a una madre quitándose las chancletas para poder
correr con más rapidez y alcanzar con furor al niño, niña o adolescentes
que huye de la picazón que produce la correa, la vara de una planta o
el palo de la escoba cuando todos los problemas de su progenitora son
descargados sobre su malcriadeza o travesura.
La clásica escena del padre
quitándose la correa y llamando al menor en tono amenazante: “Venga acá,
te voy a dar; si sales corriendo te daré más duro”, le supondrá al
adulto conocer los barrotes de la cárcel y reflexionar allí cuánto le ha
costado el placer que sintió al concebir al hijo y el error de pensar
que podía hacer lo que quisiera porque era una “cosa suya”.
En las escuelas ya el profesor
o profesora no tendrá licencia para dar reglazos, bofetadas, halones de
pelo, de oreja o de brazo cuando un chiquillo le falte al respeto; pero
tampoco los directores de ningún centro escolar podrán expulsar a
ningún estudiante por su mala conducta, sino por el contrario, deberán
responder ante las autoridades por no haber tenido la capacidad de
resolver cualquier situación dentro de los parámetros de la comprensión y
educación.
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