Por Edelvis G H
Sí; fatal día en que Chago brincó una empalizada para salvar su vida del Goliat, quien, al no poder hacer lo mismo, optó por cruzar la alambrada, quedándose asido por una púa, permitiendo esto a su enemigo esfumarse en la sabana.
Bobote miró a su alrededor. Sus ojos verdes y saltones chequeaban hasta el último rinconcito. Veía las palmeras y cocotales, y al rato pudo distinguir a su enemigo trepado en un árbol, por el fulgor amarillento de los pantalones y sus zapatos rojos charol. No había forma de salvarse; lo esperaban abajo con un flamígero puñal.
-¡Ayy Bobote, dame un chance! ¡No me mate, no me mate! Fíjate que mañana e` mi cumpleaño…Soy joven; no paso de sesenta… ¡Lo que te contán e` jembute!
-¡Aah, con que ahora no soy ladrón!...¡Bájate de ahí, buen lengualaiga pa`que agora me chivaté en la ficalía…¡Tú dique no ere un hombre!...¿Antonce no te va a bajai ?
Bobote tomó su hacha y comenzó a talar el árbol, que se movía peligrosamente. Los gritos de espanto se escuchaban en Masipedro: “¡Ayuuuudaaaa! ¿Me van a dejai moríííí, caraaajooo? ¿Van a dejai que maten ai coqueroooo?...¡Ay Dioooo mío! ¡¡Corran, corran!... ¡Ayyy, Dagoooooo!¡Dagobeiiitoooo! ¡Peiidóooon Paloomaaaa!
El ambicioso Dagoberto la Fiera, amigo y socio en los negocios de Chago, estaba cerca del lugar, permaneció indiferente, sonriendo satisfecho, burlón; y entonces recordó aquellos días de insomnio producidos por el rosario de perros que olfateaban a Paloma. ¡Claro que llegaban “pretendientes” de los más apartados rincones! Y los había gigantescos, enanos, bolos, tuertos, cojos; mansos, bravos, tímidos, miedosos, de buena raza y viralatas, por lo que los pleitos y gruñidos eran constantes; y por eso él y Chago llegaron a un acuerdo fatal: dos trozos de salami del más barato, con un polvillo, solucionarían el problema.
Tempranito, los trocitos fueron servidos a la perrita, que moviendo su rabo se les acercó. Por un momento ella se detuvo a oler el embutido maldito; pero finalmente se los engulló. Al rato, tras caminar hacia un pocito de agua, comenzó a revolcarse del dolor. La espuma asomó en su hocico, y en su búsqueda de supervivencia llegó hasta Fidencia, quien angustiada, llamaba a Chago:“¡venga, que la envenenán!¡Ay Dio mío! ¿Quién pudo hacei esa maidá ?... ¡Dame esa leche que tá ahí…! ¡Corre!
Ahora Bobote, indolente, seguía talando y cuando el hacha se le quedó incrustada, desde el matorral salió Paloma, para de inmediato morder la muñeca izquierda del verdugo, quien trataba de desprendérsela. Chago aprovechó el pleito y huyó. Paloma gruñía, se aferraba similar a aquellos tiempos en que le brindaban huesos:” ¡Suéltame, cabrona perra!” “¡Suéltame coño!” ¡Que me sueeeltee caraajoo!
Con el mismo chulo de cabarecitos, supe que Chago aún vive con Paloma, su perra café, que al acostarse medita, y que disfruta al ver cómo se reflejan las siluetas de ambos en el seto. Y al parecer sigue libre después de hacerse un trabajito con un “brujo” de San Juan. Total: si los jueces dejan en libertad a Félix Bautista y su mafia; compran senadores y diputados para modificar una Constitución con los cuartos del pueblo; dejan en libertad al coprófago sobrino de Fadul, ¿por qué castigar a un pobre sospechoso de matar a otro ladrón y traidor llamado Dagoberto la Fiera?

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