Por Samuel Santana
Tener una prensa débil es lo
peor que le podría ocurrir a una sociedad en cualquier parte del mundo.
El papel del periodismo es
altamente responsable.
Su
misión no es solo informar, sino investigar, cuestionar, analizar, pedir
cuentas y exigir transparencia.
Los gobiernos, los líderes,
la justicia, la religión, las instituciones… pueden fallar, pero no la prensa.
Esta debe ser siempre el fanal de los pueblos.
El prestigioso columnista
del New York Times Nicholas Kristof dice que el periodismo debe tener siempre
los pies en el fuego.
Plantea que este oficio
nunca debe someterse al capricho de nadie.
“El periodismo es un muro de
contención contra el ejercicio del poder”, escribió. “Es como una especie de
perro guardián”.
Es por eso que cuando un
líder político o gobierno se descarrila de los propósitos esenciales,
inmediatamente arremeten contra los medios de comunicación.
Y varios son los recursos:
descalificar la comunicación, intimidar a los periodistas o, peor aún, intentar
comprar la conciencia.
En los países vulnerables a
la corrupción y donde hay instituciones sumamente débiles, el periodismo
honesto es la única salvación.
Hay que abogar por la plena
libertad de prensa.
Pero en realidad no es una
aspiración que siempre se cumple.
Publicar se ha convertido en
un negocio. Y, como tal, lo que busca es ganar, venga de dónde venga.
No revelar la gravedad de un
hecho o acto, moldear la naturaleza de la noticia, manipular el contenido,
guardar silencio, no ahondar, soltar la pista, desviar la atención con otros
contenidos, informar solo sobre lo que le conviene a los actores que deben
estar bajo escrutinio, son solo formas reveladoras de una prensa desviada de su
papel.
Triste es decirlo, pero en
ocasiones se produce esta combinación siniestra. Periódico Hoy

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