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¿A dónde vamos a parar?



Hemos venido argumentando que, para lograr un equilibrio dinámico entre las religiones, hace falta reestructurar las sectas  y hacerles comprender a las gentes que no todo el que dice Señor…Señor,  así como dicen las Escrituras,  es digno de hacer mención de ella.

Muchas veces es preciso tomar ante los religiosos la actitud de los tres monos sabios o místicos proveniente de la antigua leyenda china difundida en el Japón en el siglo VIII.  Monos estos,  representados por tres pequeños antropoides que se tapaban los ojos, oídos y boca, respectivamente.

Cuenta la leyenda que eran tres mensajeros enviados por los dioses para delatar las malas acciones de los humanos con un conjuro mágico, con el cual cada uno tenía dos virtudes y un defecto. La limitación de cada uno de ellos era que uno era ciego, otro era sordo y el otro era mudo.

 Este tipo de limitaciones parecen haberse focalizado, conjugado y conjurado en la administración pública de de nuestro país, sometido aún, en un ridículo Concordato:
Ceguera: Los simpatizantes del partido de turnos y los fanáticos religiosos niegan los actos de corrupción y violencias.

Sordera: por más marchas verdes que se haga no se escucha el clamor del pueblo. Tantas homilías y cultos benévolos no coinciden con los actos de quienes predican.

Ya  las iglesias  con sus constantes escándalos han perdido autoridad moral, así  que enmudecen cuando se supone han de ser profetas y paradigma de la sociedad.
Y es por eso que me  pregunto entonces: ¿a dónde vamos a parar?

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