Por: Amaury Polanco Aybar
Voy hacer
un paréntesis antes de continuar con Bonao y su historia, (POR AHORA), desde la
colonización hasta la decapitación del oprobioso régimen del Rafael Trujillo y
remanentes en desbandada, en noviembre de 1961. Todo dominicano conoce al
dedillo los acontecimientos sucedidos después de esa fecha; o por haberlos
vividos sobre el terreno, o por escritos y testimonios orales de protagonistas
e indiferentes, algunos de ellos todavía caminando en este mundo, entre los
cuales me incluyo.
Escribo en
el primer tercio del año en curso, 2019, cuando la vorágine política acapara
las pasiones de todos y cada uno de los hijos de esta tierra de un poco menos
de cincuenta mil kilómetros cuadrados, y circundada por el Océano Atlántico en
el Norte y el Mar Caribe al Sur, disponiendo de una gran riqueza humana y
material la mayoría de las veces dilapidada al desorden como piñata por la
ambición desmedida de los habilidosos, trepadores y oportunistas que les
importa un carajo la suerte de los más desprotegidos del sistema con tal de
mantener sus inmerecidos privilegios.
A estas
alturas del juego político, nadie sabe, ni puede adivinar, lo que sucederá de
aquí a un año. La rebatiña sin tregua de grupos diversos que ansían la parte
mayor y más jugosa del pastel, se han entregado a una lucha ponzoñosa,
mendigando el aval de los ciudadanos en las próximas votaciones; unos por
mantenerse disfrutando el manjar, otros por volver a ocupar un asiento a la
mesa de suculentos banquetes, y los demás, con promesas de lo que harán para
erradicar los males que nos agobian. No sería tan dañino para los dominicanos
la simple búsqueda del poder por el poder si no mediara el afán de
enriquecimiento indecente y meteórico de cúpulas que creen que el dinero lo
puede todo y con lo que se compra impunidad y conciencias, y hasta vida eterna:
ejemplos sobran.
El
padecimiento de esta Patria del Caribe y sus 10 millones de habitantes radica,
entre otros males, al robo descarado y casi sin consecuencias para los
depredadores que son los menos, en perjuicio de los verdaderos honestos que
componen la inmensa mayoría.
Un símbolo
de la humildad y carencias de ambiciones, pompa y ostentación, lo fue José Francisco
Peña Gómez, aunque la mezquindad le enrostrara sus momentos de estallidos
emocionales, propios de su naturaleza temperamental, pero sin ninguna intención
mal sana. Peña ocupa y ocupara por siempre un lugar cimero en la historia
dominicana. Los políticos enriquecidos en muy breve lapso y muchos acaudalados
tradicionales, con largas colas fáciles de pisar, jamás podrán ensombrecer las
virtudes que adornaban al hombre de piel negra que se caracterizó por no
rodearse del lujo y la comodidad que proporciona el dinero abundante y mal
habido.
Para
poner punto final, quiero hacer mención de un diálogo sostenido por mi padre y
su compadre de larga data, nativo de Mao, Valverde, en los últimos días del
Balaguerato de los 12 años. Eran dos “Bala-Jillistas” (Balagueristas- trujillistas)
por convicción y casi fanatismo sin buscar ni esperar dádivas o recompensas. En
un momento de discusión apasionada, mi padre trató de descalificar a Peña, restándole
méritos ganados en su protagónica carrera política: su compadre (Simón) lo paró
en seco y le dijo: - Compadre, usted y yo somos derechistas y furibundos anti-perredeistas,
pero Peña Gómez laboró por mucho tiempo, siendo un muchacho, en los almacenes
de mi padre en Mao, con la mayor muestra de confianza que se le puede brindar a
un ser humano, y nunca le falló. Será como usted quiera; agitador, haitiano,
comunista, pero, ¡ESE NEGRITO NO ROBA!
A pesar
que los mercaderes de la política y la élite económica de Tez claro- amarillenta
le cerraron el paso, Peña, en sus últimas horas de vida les perdonó los
agravios sufridos por tanto tiempo. Ojalá un día surjan muchos negritos como él
para que cambie la suerte de nuestro país y se aniquile de raíz la rampante
corrupción que nos aplasta._ _ _ OJALA!!


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