IV
Por Jesús Santiago Restituyo, MA
Trabajar para el bien común.
La Iglesia
entiende que para que una sociedad sea igualitaria donde no haya pocos que
tengan mucho y muchos que no tengan nada que deben distribuirse los bienes del
Estado equitativamente considerando como principio básico el bien común.
El Papa Juan XXIII definió el bien común como "el
conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y
a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección"
(Pacem in Terri 55).
Este bien es común porque sólo juntos como
comunidad, y no simplemente como individuos aislados, es posible que
disfrutemos, alcancemos y propaguemos este bien.
Todas las personas están obligadas a trabajar
en pos de hacer que el bien común sea una realidad cada vez más importante. Algunas
veces se malinterpreta que el bien común implica tan sólo los deseos o
intereses comunes de la multitud. Sin embargo, el bien común, tal como lo
observa el Papa Juan Pablo II, "no es la simple suma de los intereses
particulares, sino que implica su valoración y armonización, hecha según una
equilibrada jerarquía de valores y, en última instancia, según una exacta
comprensión de la dignidad y de los derechos de la persona" (Centesimus
Annus 47).
El bien común, en otras palabras, no es simplemente
lo que las personas querrían, sino lo que sería auténticamente bueno para las
personas, las condiciones sociales que permitan la prosperidad del hombre. La
política está llamada a hacer una realidad el bien común entre los hombres, sin
embargo, es todo lo contrario, debido a que sólo se afanan por engrosar sus
bolsillos olvidándose de los pobres, que en nuestro país, República Dominicana,
son la mayoría. La principal injusticia que viven los dominicanos es la
inapropiada y abusiva distribución de los bienes. Sin embargo, el bien común,
con la importancia que tiene, no es el bien mayor.
La realización última de cada ser humano sólo puede
encontrarse en Dios, pero el bien común ayuda a que los grupos y personas
alcancen este bien último. V. Observar el principio de
subsidiariedad. Es deber del Estado proveer a la defensa y tutela de los bienes
colectivos, como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya
salvaguardia no puede estar asegurada por los simples mecanismos de mercado.
El gobierno tiene que hacerse cargo de muchas
funciones necesarias e indispensables, de roles que no pueden cumplir las
personas por sí solas ni aún a través de grupos más pequeños en la sociedad. Sin
embargo, los estados y los gobiernos muchas veces superan su rol legítimo y
violan los derechos de los individuos y grupos de la sociedad para dominarlos más
que servirlos. Abraham Lincoln escribió: "El objeto legítimo del
Estado es hacer para el pueblo lo que éste precisa que se haga, pero que no
puede hacer por sí mismo o bien que no puede hacerlo tan bien como lo haría el
Estado, en sus capacidades separadas e individuales".
La Iglesia está de acuerdo que el Estado subsidie a
las personas e instituciones que además de no poseer lo necesario para su súper
vivencia, y el cumplimiento de sus funciones ya que físicamente no pueden
valerse por sí mismos. Por tanto, es responsabilidad del Estado subsidiar, además
del hombre o mujer pobre, las instituciones cuyo fin es servir a la sociedad más
desposeídas. El subsidio justo, en los países como el nuestro no elimina la
pobreza, pero ayuda significativamente a disminuir el hambre y las necesidades
básicas de los pobres.
Repito, hablo de subsidio justo no estoy hablando de
vergonzosos subsidios como el conocido bono gas o las cajas con algunos
alimentos que sólo se le da a los pobres en tiempo de navidad, específicamente,
en la llamada “noche buena”. VI. Respetar el trabajo y al trabajador. Según el Génesis, Dios no sólo crea al hombre,
sino que también lo hace trabajar para que les ponga nombre a los animales y
cuide el jardín.
Es evidente que Dios no le dio a Adán esta tarea
porque estaba muy cansado como para terminar el trabajo. Por el contrario,
el trabajo humano no sólo participa en el cuidado creativo y providencial de
Dios del universo sino que también lo refleja. Incluso antes de la caída,
el hombre fue creado para cultivar y mantener el Jardín del Edén, para imitar
el trabajo de Dios en la creación a través del trabajo humano. Luego de la
caída, el trabajo algunas veces se convierte en una tarea ardua, pero continúa
siendo parte de la vocación del hombre que viene de Dios. Un trabajo
honesto puede santificarse, ofrecerse a Dios y volverse sagrado a través de las
intenciones del trabajador y la excelencia del trabajo realizado.
El trabajo es la única fuente para el desarrollo de
un país. Los pueblos y las familias que no trabajan no se desarrollan ya que
siempre estarán sumergidos en la sub cultura de la pobreza. Por esa razón el
trabajo y sobre todo al trabajador hay que respetarlo pues de ellos depende el
progreso de los pueblos. Sin embargo existen instituciones y empleadores que
abusan de sus trabajadores lo que obliga a que surjan agrupaciones, como los
sindicatos, que defienden los derechos de estos.
En el pensamiento católico, el derecho de asociación
es un derecho natural del ser humano que en consecuencia antecede a su
incorporación en la sociedad política. De hecho, "el Estado no puede
prohibir" la formación de sindicatos, porque tal como lo indica el Papa
Juan Pablo II, "el Estado debe tutelar los derechos naturales, no
destruirlos. Prohibiendo tales asociaciones, se contradiría a sí mismo" (Centesimus
Annus 7). La Iglesia jugó un papel decisivo en ayudar a los trabajadores
para que formaran sindicatos con el fin de combatir los excesos de la
industrialización.
VII. Buscar
paz y ocuparse de los pobres. Con hambre
no hay paz, puesto que esta supone tranquilidad, armonía y alegría entre todos
los hombres.
La guerra por ser desarmonía, desorden, anarquía,
destrucción y muerte ciertamente quita la paz. Entiéndase que no sólo hay
guerra cuando hay conflictos bélicos entre las naciones, hay guerra entre las
familias cunado esposos se enfrentan rabiosamente o cuando los hijos tienen
conflictos que emocionalmente los separa.
También hay guerra en las evidentes desarmonías que
viven los pueblos por las constantes protestas y movilizaciones que, las más de
las veces, son justas debido a las malas gestiones de los gobernantes. Para que haya paz tiene que existir justicia y
armonía entre todos. No hay justicia cuando unos pocos se aprovechan del
esfuerzo y del trabajo de una gran mayoría que está viviendo en pobreza
extrema, sobre todo, en los pueblos como el nuestro República Dominica. Si no justicia no puede haber paz. El hecho es que la paz implica un orden justo
de la sociedad.
Este orden justo de la sociedad también incluye una
preocupación por los pobres. Para alcanzar el orden justo de lua sociedad
no sólo se requieren los efectos directos o indirectos de las acciones
individuales, sino también políticas sociales prudentes, es decir, políticas
sociales que deben tener en cuenta el efecto probable en los pobres. La paz ha
sido una preocupación histórica, recordamos al Maestro quien siempre deseaba la
paz donde quiera entraba. Las grandes naciones se arman y entrenan a muchos
hombres supuestamente buscando la paz. Como vemos parece una paradoja, armarse
con pertrechos destructivos para que haya PAZ.
El hombre tendrá paz cuando pueda vivir
dignamente, en cuanto tenga lo necesario
para suplir sus necesidades básicas y pueda salir de la pobreza, de otra manera
jamás habrá paz entre los hombre. La institución que más se afana por la paz y
el amor es, sin lugar a dudas, la Iglesia.
HASTA MI PRÓXIMA
ENTREGA, MUCHAS GRACIAS.


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