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El poder de las palabras: Desde Jesús a Maquiavelo.-

Por Pablo Casilla                              

En algún momento de nuestra vida escuchamos decir: “Las palabras tienen poder”; pero nos preguntamos, ¿Cuál es la dimensión real de las palabras que el emisor intenta comunicar?   Quiero iniciar la intervención de este tema haciendo mención de tres personajes trascendentales en la historia de la humanidad, cuyas palabras tuvieron y siguen teniendo un impacto y una influencia extraordinaria en las naciones del mundo de ayer y de hoy; y que explican de manera contundente el poder de las palabras en la comunicación.  Ellos son: Jesucristo, el apóstol Pablo y  el príncipe de las Ciencias Políticas Nicolás Maquiavelo.  

Comenzando por el sermón de las SIETE PALABRAS, el cual hace alusión a las últimas 7 frases que Jesús pronunció durante su crucifixión.  Todo sabemos cómo estas PALABRAS han gravitado a lo largo de la existencia humana y su poder influenciador en el mundo cristiano; pues la manera cómo estas palabras pueden calar en los corazones del creyente no tiene parangón.

Ese poder de las palabras se puso igualmente de manifiesto en aquella ocasión memorable en que el apóstol Pablo fue llevado por ante el rey Agripa, en su condición de prisionero.  Allí, el apóstol de los gentiles presenta de una manera elocuente sus medios de defensa iniciando con las palabras siguientes: “Me tengo por dichoso, oh rey Agripa de que haya de defenderme hoy delante de ti de todas las cosas de que soy acusado por los judíos”.  Luego de Pablo explicarle de forma vehemente al rey de lo extraordinario que fue su conversión, el rey sólo atinó a decirle: “Por poco me persuades a ser cristiano”.  

Existió también un personaje entre los siglos XV y XVI que aún hoy sus palabras siguen latentes en la vida política y cotidiana, a saber: Nicolás Maquiavelo, de Florencia (Italia), considerado el padre de las ciencias políticas modernas, a quien por su obra cumbre: “El Príncipe” se le atribuye la frase célebre: “el fin justifica los medios”, ya que establecía que “sólo el resultado justifica la acción”.

Maquiavelo exponía en sus palabras que “todo ciudadano que quiera aconsejar a su patria, no debía tomar en cuenta lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo loable o lo vergonzoso, sino que se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria, no importe el que fuere.

Decía que​ "si una persona desea fundar un Estado y crear sus leyes, debe comenzar por asumir que todos los hombres son perversos y que están preparados para mostrar su naturaleza humana, siempre y cuando encuentren la ocasión para ello." 

Por tanto, un príncipe o un gobernante, viéndose obligado a adoptar la bestia que lleva en lo interior el ser humano, tenía el deber de escoger el zorro y el león; porque el león no se puede defender contra las trampas y el zorro no se puede defender contra los lobos.  Por lo tanto, es necesario ser un zorro para descubrir las trampas y un león para aterrorizar a los lobos.  Eso es pura filosofía de Política de Estado.

Y para que se entienda a los políticos de hoy, aquí y en el resto del mundo, Maquiavelo llegó a afirmar, y cito: “Desde hace un tiempo a esta parte, yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”. 

Todo lo dicho anteriormente se refiere al poder de las palabras a nivel global.  Pasemos ahora a ese poder a nivel individual.  Y siguiendo con la Biblia por ser el libro más leído del mundo, podemos encontrar en ella la definición más exacta del poder que tienen las palabras, y que establece: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”, Proverbios 18:21.

Así, existen palabras de afirmación que sirven para edificar, para construir. Los cumplidos verbales son motivadores más estupendos que los regaños y señalamientos constantes.  A su vez, las hay palabras alentadoras, para dar vigor a quien las necesita.  Pero se pueden utilizar palabras bondadosas, las cuales tienen que ver con la forma en que hablamos, el tono de voz y las palabras utilizadas.  Un ejemplo de esto se lo digo en prosas, de Fray Luis de León: 

“En mi angustia, callada y escondida,
sé tú como enfermera bondadosa,
cuya mano ideal viene y se posa,
llena de suave bálsamo, en la herida”.

Pero hay también palabras vacías, como cuando se reconoce la capacidad de estar hablando durante un periodo considerable de tiempo sin que se pueda extraer de las palabras una conclusión clara, sustanciosa o provechosa.  También se tiene el poder de las palabras por su enorme capacidad para trasmitir mentiras, tratando de captar la atención del interlocutor para decirle algo que en realidad no es cierto.   De aquí el principio que reza: “Las palabras son como monedas, que una palabra vale por muchas como muchas no valen por una”.

Como se observa, las palabras tienen un enorme poder; porque las mismas pueden ser fuente de belleza, de poesía, de creación, de amor, de vida, de alimento para el alma, de positivismo o negativismo, de idealismo o de realismo. Pero, como todo en este mundo, existen personas de un lado oscuro que las retuercen, las oprimen y las estrangulan;  “todo depende de los corazones que las expresen”; por lo que debemos procurar conocerlos.        

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