
Cuando el sol apenas comenzaba a trepar por las paredes de madera carcomida, Marlande Toussaint sintió un calor espeso que descendía por su cuerpo. Se llevó las manos entre las piernas y las encontró empapadas en un rojo tibio. Gritó para llamar a su esposo, que trabajaba levantando columnas en una construcción cercana, para avisarle que pronto daría a luz a la criatura que llevaba en su vientre.
Él llegó jadeando, con la camiseta empapada de cemento seco, pero ya era tarde: el pequeño Gervens Toussaint había llegado al mundo, recibido por el suelo terroso de la habitación donde dormían sus padres junto a su hermanito. Los cartones colocados en el piso fueron su primer colchón.
El milagro y la felicidad del nacimiento duraron poco. Pasadas unas horas, Marlande volvió a sangrar. Esta vez no era una mancha: era un río. Y no se detenía. Ronald Jean, su esposo, la abrazó con fuerza, como si pudiera sellar con su pecho la fuga de vida. Las sábanas quedaron manchadas, y él llamó a los vecinos, quienes le dijeron que debía llamar al 9-1-1.

“La ambulancia llegó media hora después, pero cuando los doctores entraron y la vieron, empezaron a susurrar… y luego me dijeron que ya estaba muerta”, narra Jean, con la voz entrecortada por la tristeza.
Su hijo recién nacido dormía a solo unos pasos, envuelto en una toalla. El hermanito, de apenas dos años, la miraba con inocencia y tristeza, sin entender que había perdido a su madre dentro de las cuatro paredes que antes guardaban sus alegrías.
Ronald salió con el bebé rumbo al hospital municipal y dejó el cuerpo de su cónyuge, a quien en múltiples ocasiones llamó “mi amor”, tendido sobre un colchón húmedo, sin alma ni latido.
Marlande tenía 32 años. Había acudido al hospital para dar seguimiento a su embarazo durante los primeros meses, pero tras la implementación de nuevas medidas migratorias en contra de haitianos indocumentados, dejó de asistir. De esta manera echó su suerte al destino, y fue esa decisión forzada la que semanas después le costaría la vida.
Solo en abril, la Dirección General de Migración (DGM) expulsó a más de 32 mil haitianos en condición migratoria irregular. En los primeros cuatro meses del año, ya iban más de 119 mil.
“Nosotros queríamos volver a nuestro país. Hasta nos inscribimos en el programa de retorno voluntario de la embajada haitiana, porque tenemos dos hijos más allá”, relata Jean. “Pero nunca nos vinieron a buscar. Además, era muy difícil: ella tenía ya nueve meses, y teníamos que salir desde Pedro Sánchez hasta la capital, y de ahí hasta Elías Piña o Dajabón. Pero nosotros somos del lado de Pedernales. Eso era mucho trote, y ella no podía. Podía parir en el camino”.
Intentaron conseguir ayuda clandestina. Una religiosa los contactó con una clínica que podía asistir el parto. Pero el precio era imposible. No tenían recursos. No tenían opciones. Y entonces, la vida y la muerte sucedieron, una tras otra, en el mismo lugar.
Después de dejar al niño con el pediatra, Jean hizo lo que creyó más urgente: buscar dinero para el ataúd. Necesitaba 40 mil pesos. No quería postergar el entierro. No quería que ella esperara más tiempo sola. Pero al volver al hospital, dos agentes de Migración lo interceptaron y le exigieron sus papeles.
Él mostró lo que tenía: una cédula haitiana vencida, un carné gastado. Lo esposaron a una barra de hierro mientras llamaban a su superior. Ronald explicó todo: que acababa de perder a su esposa, que su hijo estaba en cuidados, que tenía otro nene de dos años esperando en casa de una vecina.
Los agentes lo escucharon. No lo golpearon. No lo insultaron. Hablaron con el hospital y lo dejaron ir. Entró a la casita. Buscó a Gervens. El niño dormía, ajeno a todo. Llamó a su prima en Miches. Le entregó el bebé. Luego envió el dinero a sus vecinos, quienes, con solidaridad, se encargaron de los arreglos funerarios.

Todavía hoy, cuando se publica esta entrevista, Ronald continúa en República Dominicana y asegura que no culpa a este país ni a sus autoridades. “Yo vine aquí a cortar caña, a trabajar en lo que sea (construcción, cargando sacos), nada más para correrle a esas bandas”, dice con un toque de ira en su voz.
A pesar de la vorágine de cosas que le ha tocado vivir, el haitiano manifiesta su agradecimiento con República Dominicana, porque en esta tierra encontró trabajo y posibilidades para alimentar a sus cuatro hijos.
En realidad, Jean se siente traicionado por su país, debido a que lo dejaron completamente solo, al igual que a muchos otros compatriotas que han tenido como única opción renunciar a la tierra que los vio nacer.
La Constitución dominicana establece, en su artículo 18, que no son dominicanos por nacimiento los hijos de extranjeros en tránsito. Esta definición fue reforzada por la polémica Sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional, emitida en el 2013 y que interpreta que los hijos de inmigrantes indocumentados no adquieren la nacionalidad dominicana automáticamente.
Deportaciones al por mayor y detalle
Entre 2016 y abril de 2025, la DGM deportó un total de 933,217 ciudadanos haitianos que residían de forma irregular en RD. Las cifras muestran una tendencia creciente en los operativos migratorios, especialmente en los últimos años, cuando el Gobierno ha endurecido su política de control fronterizo.
En 2016 fueron repatriados 54,511 haitianos, cifra que se mantuvo relativamente estable durante los siguientes tres años: 57,687 en 2017, 56,947 en 2018 y 82,269 en 2019. La pandemia de covid redujo notablemente los operativos durante 2020, año en que se registraron apenas 23,664 deportaciones. Sin embargo, a partir de 2021, los números comenzaron a subir nuevamente: 43,076 en ese año y 122,748 en 2022.
Fuente N Digital

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