A la llegada de los españoles en nuestro continente había grandes diferencias, según el lugar; y mientras en México, por ejemplo, existía un imperio vasto, organizado, con un poderoso ejército que se expandía, con una gran civilización.
Los aztecas, con una educación avanzada, habían construido escuelas, ciudades, plazas ceremoniales, con amplios conocimientos de astronomía, matemáticas, medicina; y de ahí que hayan tenido un control absoluto de las enfermedades.
Y las leyes eran rígidas, y el que robaba maíz, mataba, mentía, violaba, o se atreviera a presentar homosexualismo públicamente, recibía su castigo, ya fuera cortándosele las orejas, en trabajos forzados o con la muerte, según el delito. El tráfico de influencias, amiguismo, clientelismo o soborno no tenían cabida.
En Quisqueya, aunque con escaso desarrollo general todo se desenvolvía pacíficamente, salvo las incursiones de los indios caribes que buscaban pleitos por las costas norte; y la vida sencilla, sostenida por la pesca, la caza, evolucionaba de manera natural. Pero ese curso que llevaba la sociedad taina fue desviado con el “Descubrimiento”; entonces nuestros indígenas fueron sometidos a duros trabajos en las minas, a crueles maltratos, y en los combates salían despedazados por los arcabuces, espadas y perros que les arrancaban hasta los genitales. Por eso, a ochenta años de la conquista, ya no había un aborigen en las Antillas.
Eran horribles matanzas, que barrían con aldeas completas, ahorcaban y quemaban a sus pobladores, violaban las mujeres; y por eso, desesperados y angustiados, los indígenas preferían ahorcarse, tirarse por los despeñaderos con sus familias; tomar bebidas abortivas y apuñalar los hijos.
Con ese horrible panorama, el mismo el Fray Antón de Montesinos protestó ante tantas injusticias; luego el padre Las Casas, quien sugirió traer esclavos desde el África para laborar en la industria azucarera. Estos seres humanos, nuestros hermanos de raza, comenzaron a sufrir inenarrables torturas con hierros candentes, mutilaciones, latigazos que iban desde cincuenta hasta cien, o los hervían en guarapo de caña.
Y en cuanto a Los aztecas, de una civilización brillante pasó a ser una aldea en ruina; el español llevó enfermedades que se convirtieron en epidemias pues los médicos del imperio desconocían la manera de cómo enfrentarlas.
Aniquilados por la traición de Hernán Cortés, quien fue recibido por el emperador Moctezuma de manera amigable creyendo que era el dios Quetzalcóatl, los aztecas fueron vueltos nada. Y el emperador, amable, buen anfitrión, que le dio entrada a Cortés con su tigueraje, terminó clavado por el ano con una estaca.
Pero lo contradictorio de esto, el 12 de octubre, en vez de embarrarle la cara de mierda y de sangre a Colón, a Ovando, o a Cortés, en nuestro país se sigue festejando un genocidio que extinguió nuestra raza aborigen, y no dejaron vestigio alguno, lo que es, sin dudas, una falta de lógica imperdonable.


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