Por Edelvis GH

En medio de unas
explicaciones semánticas de lo qué es un templo y una iglesia, los
comunicadores Félix Guerra y José Montero arremetieron injustamente en contra del
sacerdote de Santiago Serafín Coste, porque el servidor de Dios ha asumido una actitud radical y patriótica
al decir “que no permitirá la entrada a su iglesia de Leonel Fernández a menos
que éste se confiese y devuelva lo
robado al país”.
Serafín, aspira, como centenares de miles de
dominicanos, a una sociedad justa, transparente,
libre de impunidad; una sociedad de igualdad en donde los encumbrados o los hijos del
pollero, si delinquen, se sometan a la Ley sin distinción; aspiraciones que
siempre estuvieron presentes en el Maestro de Galilea,Duarte y el mismo Bosch.
Porque un
sacerdocio conservador, sin compromiso con los oprimidos, prometedor sólo de“una
mejor vida en el más allá”, es totalmente opuesto al papel liberador, redentor;
y no es la primera vez que los curas sensibles colocan su oído en el corazón
del pueblo.
Recordemos a fray Antonio de San Miguel, a aquel
sacerdote mexicano quien estaba convencido de que la hambruna, el abandono y el
desempleo padecidos en su país, no era por la sequía o por temporadas heladas,
sino por las profundas desigualdades existentes en una sociedad en donde unos
pocos poseían las grandes tierras, todos los privilegios y riquezas, mientras
que el grueso de la población moría por falta de pan y abrigo; y con su ideal avanzado el fray entusiasmó a
los criollos ilustrados y a los también valiosos sacerdotes Miguel Hidalgo y
José María Morelos, éstos últimos, cabezas de las luchas por la independencia
del pueblo azteca.
Ellos, sensibles
al dolor ajeno, no se quedaron en los templos como tampoco el legendario fray
Antón de Montesinos cuando ante las
autoridades españolas de la Isla de Santo Domingo dijo, en su famoso sermón del domingo Adviento de 1511: “Yo soy la voz que clama en
el desierto…y decid, con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y
horrible servidumbre estos indios.”
Las posiciones
políticas en los curas no deben extrañarnos, y hoy, el padre Serafín
expresa su indignación ante tanta
podredumbre; como tampoco callaron Arnulfo Romero, en El Salvador; ni el
colombiano Camilo Torres, alzado con un fusil.
El asunto no es comenzar ahora a sacarle los trapitos al sol a la Iglesia por
sus horrendos errores pasados; sino valorar que de su seno surjan voces justas y
nobles al estilo Serafín, porque ¿quién diablos no sabe que Leonel ha sido uno
de los gobernantes más corruptos de nuestra vida republicana; y que pruebas bien
documentadas las hay contra del expresidente y de Félix Bautista? Lo que ocurre
es que “no hay peor ciego que aquél que
no quiere ver” pues en sus expedientes
se demostró el uso de testaferros; vínculos comerciales a través de empresas y
fundaciones; contratos grado a grado; asociación de malhechores, lavado de activo,
y otros actos no menos dolosos.
Apoyar a los
poderosos será siempre más fácil; luchar
por la búsqueda incesante de la verdad
para producir un despertar y una
liberación de la gente a través de la educación, la investigación y la
denuncia, será riesgoso. Y por eso,si Jesús fue crucificado, Arnulfo Romero,
acribillado; Morelos e Hidalgo, fusilados; si monseñor Panaly el padre Sicard pasaron
las de Caín durante el trujillismo, fue por sus posiciones radicales a veces distantes del “reino de los cielos”, pero sí con los
pies sobre la tierra.

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