Por Edelvis García Herrera
“Sueño que un día, en las rojas colinas de
Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños
de esclavos, se puedan sentar junto a la mesa de la hermandad. Sueño que mis
cuatro hijos vivirán un día en un país en el que no serán juzgados por el color
de su piel, sino por su personalidad”. (Martin Luther King)
Año 1953, Montgomery, EEUU: Lleno de ira,
el conductor del autobús, corpulento, de ojos verdes y de mirada punzante se
levantó de su asiento, desenfundó su revólver y acertó un mortal balazo en el
pecho del negro, por no cederle su asiento a un blanco.
Otro día, la señora Rosa Parks también se
negó a cederlo diciendo: “Estoy muerta de cansancio y me duelen los pies”;
siendo por eso brutalmente encarcelada.
Escenas como esas eran comunes en
Montgomery, Georgia, Birmingham y otras ciudades sureñas del país: los asientos
delanteros estaban reservados para los blancos, y aunque estuvieran vacíos,
ningún negro debía ocuparlos. Pero la segregación se extendía en los cines,
bares, restaurantes, escuelas, universidades, teatros, barberías, en los
empleos…; además de que los trabajos difíciles los hacían los negros por
bajísimos salarios, el puesto de maletero el más alto cargo ocupado, donde
siempre debían reírles a los blancos, llegando a asimilarse inferiores y
aceptando, sin responder, toda clase de insultos y humillaciones, única forma
de “preservarse” y no perder vidas y bienes.
Es en ese contexto que Martin Luther King
enfrenta la discriminación con el método de la resistencia pacífica de Gandhi,
y cuestionando a muchas iglesias por su indiferencia ante las injusticias,
animaba a los barrios a despertar y movilizarse combinando las luchas
reivindicativas a favor de los derechos humanos con la palabra de Dios.
(Digo: Si nuestros pastores en vez de
estar tumbando polvo a Danilo Medina y a Félix Nova, o prometiendo “vida
eterna”, resignación, mejor accionaran con su feligresía, y le explicaran que
los males sociales tienen su origen en la corrupción, la impunidad y las
injusticias de los gobiernos de turno, sería un palo. Si dejaran las jodidas
batallas de fe y las lluvias de bendiciones en los parques, y lucharan en las
calles, otro palo.)
Luther King, que debería ser la
inspiración de los cristianos, inició un boicot en contra de las compañías de
autobuses; boicot que se extendió por 381 días, yéndose casi a la quiebra total
por la falta de usuarios, la mayoría negros. Entonces las acciones ocasionaron
cientos de llamadas amenazantes y la quema de su casa. Sin embargo, lejos de
detenerse, las demandas comenzaron a ampliarse por la eliminación de la
segregación en otras áreas: cines, bares, restaurantes, escuelas,
universidades, barberías.
Pero lo peor era que ya muchos perdían la
fe en el pacifismo; y estaban jartándose de los ahorcamientos, palizas,
quemaderas de guaguas y de sus casas; indignándose cuando los kukuxklanes,
quienes habían desatado esas inenarrables acciones violentas, lanzaron una
bomba a un templo asesinando a cuatro niñas. Se cansaron de las tarjetas que
les enviaban esos racistas dando plazos para que dejaran las ciudades y
barrios, so pena de liquidarlos con la familia; y de ver cómo les soltaban los
perros rabiosos, y del traslado de doscientos cincuenta niños a la cárcel en
guaguas escolares.
Por eso temo al fanatismo; ése que asesinó
al pastor bautista Luther King en 1968; y que tiene aquí su expresión en el
odio y los peligrosos prejuicios en contra de los
dominico-haitianos, que aunque muchos
quieran negarlo atribuyendo todo a “una campaña de difamación internacional”,
no cabe duda que está sembrada la semilla del rencor del funesto trujillismo,
la maldita plaga eterna.
¡Vade retro! ¡Zafa!

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