[Filosofía a todo pulmón]
-César Canela, M.A.-
El autor es
filósofo, profesor y director de prog. de TV.
Muchos de nosotros nos hemos preguntado,
¿qué es la historia? También muchos han dicho una y otra vez: “la historia es
una tontería”, “eso no sirve para nada”, “lo importante son las ´ciencias´”. Lo
importante -según ellos- es el número de las matemáticas o los fenómenos de la
física, entre otros. Con frecuencia, escuchamos a intelectualoides definir a la
historia como algo innecesario en el desarrollo de la vida de las personas,
hasta el punto de proponer su desaparición del escenario educativo y social.
Según la Real Academia de la Lengua Española el término “historia” tiene varios
significados, nos permitimos presentar sólo dos de ellos: a) Historia es el “conjunto de los acontecimientos ocurridos a alguien
a lo largo de su vida o en un período de ella”; y b) también historia es “disciplina que estudia y narra cronológicamente los
acontecimientos pasados”.
Partiendo de las definiciones
anteriormente mencionadas, la historia está estrechamente relacionada a la vida
del hombre. Pitágoras estuvo equivocado cuando afirmó que “todo lo que existe
-incluido el ser humano- está construido por el número”. El ser humano es más que simples mediciones
físico-matemáticas a las que nos quieren reducir a través del tiempo. La
persona es historia, la persona se va haciendo en el tiempo con la historia y
en la historia. La historia es lo único que le da sentido a la vida, porque -la
historia- es el proceso en el tiempo que le va ayudando, a la persona, a
comprender su configuración vital-existencial. Basta de poner una exagerada
atención a las cosas inertes, como los números -los cuales, solo existen en la
mente-, lo más importante es la vida del ser humano, su valor, su horizonte. La
historia le ayuda al hombre a conocer el objetivo de su vida, a entender los
procesos que han ocurrido en el tiempo y darle un sentido en sí mismo.
Los hombres de ciencia del siglo XXI
están más empeñados en conocer si existe vida inteligente en otro planeta, en
conocer la distancia numérica de una estrella a otra, de una galaxia otra. Sin
embargo, la persona de hoy está vacía de historia, está vacía de filosofía,
sólo mira las cosas en sentido utilitario. Se pregunta para qué sirve la
historia y él mismo se responde que no sirve para nada. Efectivamente, cuando
dice que la historia no sirve para nada está en lo correcto porque la historia
-la razón histórica- no es un objetivo con el cual se puede realizar tarea de
terminada; la historia es la vida misma, la constitución de la persona
individual y colectiva a lo largo del tiempo.
En esta apología de la razón histórica
frente a la razón físico-matemática no se está afirmando que sea absolutamente
negativo lo que la ciencia descubre y plantea a través de los descubrimientos
científicos, en el campo número y observable; al contrario, son una riqueza
importante para conocimiento de las cosas. Lo que se quiere es colocar a la
historia en su justo lugar -en el primero-. Las razones físico-matemáticas, las
biológicas, las paleontológicas, etcétera; deben ponerse por debajo de la vida
del hombre, deben estar al servicio de la vida del hombre. El hombre debe
ocuparse en primer momento por encontrarle significado a sus actos, a sus
proyectos, al proceso de desarrollo que ha ocurrido en el tiempo, luego debe
empeñarse por la fundamentación de las cosas. ¿De qué le sirve a la persona
conocer la constitución entera del universo si no conoce el proceso y el
sentido de su vida?
Henri Bergson dijo una vez: “para un ser
consciente, el existir consiste en cambiar, en madurar, en crearse
indefinidamente a sí mismo”, es decir, aquella cosa que le dota al hombre de
capacidad para cambiar de manera concreta es ser consciente de la historia que
le ha dado sentido a su vida, una historia circunstancial, estrechamente unida
a la vida del ser humano y a la sociedad. La persona que no es consciente de su
entidad histórica no puede crearse a sí misma, no puede hacerse a sí misma sino
que es esclava de la irracionalidad que la gobierna.
La historia -la razón histórica- está por
encima de la razón físico-matemática. La historia queda opuesta de algún modo a
la física -ciencia del movimiento- y a las matemáticas. Dijo el filósofo
español Ortega y Gasset: “La razón histórica (…). Al oponerla a la razón
físico-matemática no se trata de conceder permisos de irracionalismo. Al
contrario, la razón histórica es aún más racional que la física, más rigurosa,
más exigente que esta” (Obras completas de Ortega y Gasset).
Hay que tener presente que la
desaparición del estudio de la historia es la desaparición del sentido de la
vida del ser humano. La eliminación de la historia de la reflexión personal y
de los círculos educativos es un error que se pagará con el sufrimiento; un
sufrimiento producido por la ignorancia de las personas que viven sin
horizonte. No debe haber un solo hombre o mujer que ignore la historia y su
razón. No existe hombre feliz ajeno a la vida porque la vida es historia. El
hombre y la mujer son historia y negarla -a la historia- es una decisión
-contradictoria a la vida- que cae en lo absurdo de la existencia.
Una vez se dijo Marcelino Menéndez Pelayo
que el “pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable
muerte…”, apoyado en la fuerza de esa frase, me atrevo a decir que la persona
que no conoce su historia, tampoco conoce su vida y quien ignora su vida está
muerto aunque respire. También una vez dijo el eminente Ortega y Gasset: “la
vida solo encuentra su sentido desde la razón histórica”.
En definitiva, la historia es la vida
misma. El hombre y la mujer son historia porque de ella es de donde parte el
sentido y la existencia de sus vidas. Por encima de las razones
físico-matemáticas debe estar la historia para que el ser humano pueda, a
partir del análisis filosófico, realizar a plenitud su proyecto vital.
Un fuerte abrazo, hasta la próxima.

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